Carta a mis hijos

Hay cartas que cuesta escribir, una que otra que duele recibir y algunas de las que es más difícil desprenderse. Estando en los últimos instantes de mi contemplación creo que es el momento de dejar esta ir al buzón antes de que sea demasiado tarde. Podrían ser dos, pero me atrevo a dejar solo una atrás ya que uno solo es mi deseo de que lo que nace de mi sepa lo mucho que me importará siempre. Mi puño y letra son necesarios y mi mano, pues se encuentra demasiado débil por el catéter que la sostiene.

Elena, cuando visualizo tus ojos azules como el mar pienso en que me dolerá el día en que esas olas no estén conmigo, que tus rizos negros y suaves no tocarán mis manos y que tu sonrisa que pienso es igual a la mía no inundará mis mañanas. Hay algo que siempre he visto en las niñas, que tienden a ser como su mamá, pero con los rasgos más característicos de su papá.

No tienes mis colores, pero si mi personalidad, mi amor por la vida y ese carácter que muchos tachan como intenso, pero que yo defino como determinado. Nunca dejes que alguien te diga que eres intensa, vive la vida como solo tú sabes hacerlo y siéntete orgullosa en cada paso que des. No con un orgullo de prejuicio si no uno de sentirte bien, plena y honrada de cada buena acción que tomas todos los días, aunque sabes que muchos no las ven con la lupa que yo las veo, tiene un fruto más grande que el de cualquier árbol de la tierra.

No tienes idea de lo mucho que te soñé, de todas las trenzas que pensé en hacerte, de toda la ropa que pensaba heredarte, de todas las tardes de té en tu cocinita de madera y que siempre imaginé verte crecer hasta ser una mujer tan vieja como yo. Podría pasar toda mi eternidad hablando de ti, pero luego de tu huracanado ser viene a mi vida tu hermano Jorgito, que, aunque es más alto que tú debes cuidar porque no sé cómo tomará mi partida. Siento mucho dejarte esta gran responsabilidad, pero al ser la mayor, no encuentro otro consuelo para tu hermano que saber que no estará solo en el mundo.

Jorgito, aunque ante los ojos del mundo eres Jorge, nunca dejaré de verte como el niño pequeño y adorable que me hizo encontrar el amor más real que una mujer puede tener por un hombre. Un amor sincero, incondicional, tierno y que sobrepasa cualquier enojo o disgusto. En ti veo la calma de tu bisabuelo que se llamaba igual que tú y que por ser yo muy vieja al visualizarte en mi vida no pudiste ni podrás conocer.

No quiero que sientas que tu nombre te encasilla, pero tienes sus mismos ojos color miel, casualmente ves el mundo con su mirada empática y soñadora y no dejas enseñarnos que la vida es solo una, que ser una buena persona sobrepasa cualquier título profesional aunque me enorgullece que tengas muchos acumulados y hasta te pelees con tu hermana sobre quién tiene más.

Más que heredarles algo material, la educación que siempre procuré para ustedes y una que otra cosa de mi ADN, quiero decirles que son mi sueño más anhelado, que, aunque tardé años en admitir lo mucho que quería ser madre no cambiaría su presencia en mi vida por nada. Nada me ha hecho sentir más completa que saber que tengo dos hijos y lo que más me duele es que nunca pensé que me tuviera que despedir de ustedes tan pronto.

Quién diría que con solo treinta años los médicos me dirían que mi cáncer es tal que no puedo siquiera concebirlos en mi vientre como tanto lo soñé y que hoy escribo esta carta imaginando a los dos seres que hubiesen llegado a mi vida si tan solo hubiese seguido el consejo de ser una madre joven. Puede ser una reacción a todos los medicamentos que me están dando para apaciguar mi dolor, pero yo creo que es una manera de despedirme de lo que nunca pude tener y que ojalá en otra vida pueda conocer.

Cuando su tía Claudia me dijo que tener a su hijo a los veintidós años, siendo joven, inexperta y abrumada, fue su mejor decisión, solo pensaba en todas las metas profesionales que quería cumplir y me olvidé que en la parte más profunda de mi corazón me estaban esperando ustedes. Aunque acumulé dinero suficiente para congelarlos y luego mandarlos a hacer en un laboratorio, dejé pasar mi oportunidad para perseguir esos títulos que imaginé se iban a pelear sin darme cuenta que una familia es lo único que la eternidad no podría quitarme, ya que ahora me preparo lentamente para reunirme con el bisabuelo que no los pudo conocer porque yo me creí más poderosa que el tiempo.

Yo pensé que mi tiempo daría para más, pero Dios sabe por qué hace las cosas, quizás no hubiese sido la madre que ustedes necesitaban, quizás les hubiera escogido un mal padre como el que su abuela escogió para mí.

Mientras escribo esto su abuela llora en la capilla de este gélido hospital porque todos te preparan para perder a tus padres pero nada te prepara para ver morir a tu hija sin poder hacer nada más que ayudarle a rapar su cabeza, ayudarle a tomar una cubeta para vomitar, secar sus lágrimas después de cada ronda fallida de quimioterapia y darle este cuaderno viejo donde según ella estoy escribiendo el testamento de las pocas cosas que deja atrás.

Escribo esto porque necesito hablar con ustedes, necesito saber que de alguna manera siempre existieron dentro de mí y que lo único que me faltó fue ser lo suficientemente valiente para concebirlos y traerlos al mundo antes de fallecer. Aun le pregunto al Dios que no se si iré a conocer qué hice para merecer esto, siempre me enseñaron a confiar en sus planes, pero siempre he sido buena, nunca he hecho daño a nadie y heme aquí, postrada en la cama del hospital dejando una carta que apenas puede leerse para unos hijos que nunca pude concebir ni mandar a hacer, aun cuando me di cuenta que no tenía las habilidades prácticas para conseguirles un papá permanente y que un donante hubiese sido suficiente.

Quizás estemos destinados a conocernos en el cielo donde los ángeles me los van a presentar antes de mandarlos a otra mujer que sea lo suficientemente valiente para ser madre antes de los treinta. A una que no piense en sí misma como un ser todopoderoso y que si pueda formar relaciones suficientemente duraderas que se traduzcan a su familia.

A veces pensaba que su papá iba a ser Manuel, otras que iba a ser Emilio y en una aislada ocasión Javier, pero a ninguno le di suficiente de mi tiempo para saber si sería el padre que quería para ustedes. Nunca me cansaré de pedirles perdón y me iré a la tumba con el mayor de los remordimientos del mundo sabiendo que nunca pude tocar sus manitos, que nunca pude conectar con sus ojitos y que nunca veré sus primeros pasitos en esos zapatos blancos que les ponen a los bebés cuando caminan como venados asustados detrás de sus aventuras.

En una red social moderna que se llama Instagram y que quizás su nueva mamá o mejor dicho verdadera mamá alguna vez les va a enseñar, guardé fotos de vestidos, juguetes, ocasiones y momentos que quería vivir pero no me atreví a vivirlos, los dejé guardados para un momento que está por acabarse. Nunca pensé que el cáncer habría de matar mi seno, nunca pensé que sus células matarían mi útero y nunca pensé que mi egoísmo los iba a matar a ustedes.

En la iglesia siempre me dijeron que el aborto era pecado y yo siempre dije que cada mujer debería tener libertades sobre su cuerpo. Pero hoy encuentro una nueva forma de matarlos, en cada óvulo que muere, cada célula que falleció me doy cuenta que soy una asesina contra su propia familia. Los maté cuando no presté atención a esos sangrados que pensé eran periodos fuertes, los maté cuando dije que no tenía tiempo para ir al médico, los maté el día en que me desmayé y aun así decidí quedarme trabajando desde mi casa. Los maté cuando le di a mi trabajo el poder de controlar mi vida sin darme cuenta que mi verdadera vida hubiese sido ustedes.

Su tía Claudia fue la que me llevó a rastras a ver al ginecólogo que con menos de cinco minutos de examinación puso la cara más lúgubre y desconcertada que cualquiera que ha visto en su vida. Su tío que casualmente también se llama Jorge me tuvo que recibir en su consultorio oncológico para decirme que mi biopsia era positiva e incluso se echó a llorar sin poderme explicar el tratamiento completo. Su tío ha visto incontables pacientes, pero creo que nunca pensó tener que ver a su sobrina pasar por esto sin poder hacer nada porque la etapa cuatro, de ahí ya no hay vuelta atrás.

Planifique mi vida en etapas, quería ser perfecta, decidir que quería hacer todo sin equivocarme y ese miedo al fracaso hace que hoy me tenga que despedir de la idea de ustedes mientras esperan meses, horas, días o minutos para que yo me vaya de esta tierra.

Elena y Jorgito, lo siento mucho, pero me tengo que ir sin poder conocerlos. Espero me puedan comprender y que si alguien más lee esto se dé cuenta que en mis últimos momentos de contemplación en lo único que puedo pensar es en lo mucho que siempre quise ser madre.

Claudia, Jorge y mamá, gracias por cuidarme, gracias por hacer de mis últimos instantes lo más llevaderos posibles. Perdón por no seguir su consejo de ser más humana que laboral, perdón por no pensar en que mi abuelo quería conocer a sus bisnietos y por dejarlos atrás sin un consuelo suficiente.

Podría seguir llenando las páginas de este cuaderno, pero no hay suficientes páginas que puedan albergar el dolor que me da saber que nunca pudieron conocer a Elena y Jorgito. Las cosas materiales que me quedan son suyas, úsenlas como quieran, pero si ven a una mujer joven que no sabe si ser madre o no, cuéntenle mi historia y díganles que Lucía se fue del mundo soñando con los hijos que nunca tuvo el valor de tener.

-Andrea Lucía @meetmywords


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