
12:07, la hora de un extraño fenómeno, más fácil de describir que de comprender. Más fácil de evadir que de reconocer.
Una hora donde, si todo hubiese sido diferente, estaríamos compartiendo un almuerzo de domingo mientras nos reímos de tus trapos que sustituían las servilletas, de que tu espacio seguramente terminaría lleno de comida y de que una vez terminado tu manjar, te levantarías de la mesa para continuar en cualquier cosa que hubieses decidido emprender en una tarde lenta de domingo.
Una vez escuche que un resultado diferente no necesariamente es uno mejor, esta es una frase en la que decido creer desde las 12:07 del 12 de febrero del 2023. El día en que comencé a aferrarme de forma vehemente a la idea de la vida eterna, porque no puedo concebir un universo donde no te vuelva a ver. Un universo donde no pueda contarte todo lo que ha pasado desde que te fuiste, un universo donde tu sabio consejo y firme abrazo no consuelen mi corazón. Aunque desde muy pequeña, me compartiste de tu fe, nunca pensé que tu partida sería lo que me haría entender que el cielo no solo es un lienzo azul lleno de esponjosas nubes, si no el lugar donde ahora te encuentras en paz.
A las 12:07, creo que todos nuestros relojes se detuvieron de forma inexplicable, tratando de encontrar la manera de volver hacia atrás, de recuperar tu vida segundo a segundo en la esperanza de poder decir adiós, de poder darte un poco de nuestra fuerza, de poder saber que te pasaba, de poder crear un futuro diferente donde no nos faltaras tú. Desafortunadamente, ninguno de nosotros creció para convertirse en un científico capaz de inventar los viajes en el tiempo, por lo que cada reloj tuvo que volver a emprender su camino, al inicio a un ritmo cansado y mermado por el dolor, pero poco a poco volviendo a su tic tac habitual donde con el movimiento de cada aguja, buscamos entender cómo el tiempo sigue pasando aunque tú ya no estés.
Aunque el tiempo sea egoísta y decida continuar su incesante viaje sin ti, debemos reconocer que fue lo suficientemente bueno para dejarnos ser parte de tus 85 años de vida y hoy, de tres años de tu vida eterna. Aunque aún lo resintamos, el tiempo fue generoso, ya que aunque tú pensabas que solo te daría un aproximado de 50 años, decidió darte 35 más porque sabía que algunos de nosotros no te habíamos conocido aún y que tenías que enseñarnos grandes lecciones de vida y un par de expresiones, que aunque eran tus favoritas, no pudimos colocar en tu lápida por motivos que seguro entenderás.
Desde que acepté que no te volvería a ver físicamente, pero que siempre estarías dentro de mi corazón, las 12:07 dejó de ser una hora impregnada por el gélido aire que se sintió en tu última habitación. Dejó de ser una combinación numérica que evocaba el momento en que perdíamos los latidos de tu enorme corazón, para convertirse en una hora donde cada uno ganó un ángel en el cielo. Supongo que ya era tiempo de que te regalaran un par de alas porque nunca fuiste un gran amigo del bastón.
Ahora te vemos en los atardeceres que nos encuentran en el camino, en el arrastre de las hojas que imitan a tus zapatos, en las páginas de los libros que nos recuerdan a ti y en la bondad que nos enseñaste a dar a los demás todos los días. El duelo es la única manera en que ahora podemos darte todo el amor que no pudiste llevarte ya que al cielo porque a ese lugar se sube con equipaje ligero.
Hasta el cielo con mucho cariño,
-Andreita


Deja un comentario