Los monstruos y el atardecer

Los horarios dentro de mi casa parecían tener un aire religioso, no por su santidad o buen comportamiento, si no por su exactitud. Papá siempre salía muy temprano al campo a trabajar, mamá nos despachaba a mi hermano Manuel y a mi para la escuela a la misma hora todos los días y luego se ponía a lavar la ropa que veíamos volar en el tendedero cuando ya habíamos pasado una buena parte del camino. Al regresar, nos esperaba para darnos de almorzar, nos mandaba a hacer las tareas para luego ayudarle con el quehacer. Mi parte favorita, era cuando papá regresaba del campo justo a tiempo para sentarse a ver el atardecer conmigo en el jardín. La hora de la cena siempre era la misma, a mi me mandaban a dormir temprano, a Manuel por ser más grande que yo, lo dejaban estar despierto más tiempo, pero los candiles siempre se apagaban a la misma hora dejando nuestra casita en la oscuridad. 

Una tarde de febrero en que el viento soplaba más fuerte de lo normal, vi a papá a lo lejos mientras regresaba a la casa. Un poco antes de llegar, vi que todos sus compañeros lo abrazaban y le daban pequeños ataditos que él metía en su morral. Llegué a pensar que era su cumpleaños, pero me acordé que lo habíamos celebrado en el verano. El atardecer ya nos estaba esperando y él seguía despidiéndose de sus compañeros. Cuando me vió, se apresuró para sentarse conmigo en la grama para ver el atardecer. Se quitó su sombrero y me lo puso en la cabeza desarreglando las trenzas que mamá me había hecho en la mañana. Me abrazó y nos quedamos ahí hasta que cayó la noche y ya era hora de ir a cenar.

Mamá le había servido más comida de lo normal a papá; lo quiere poner gordo pensé yo. Nadie dijo nada en toda la cena, cuando pregunté a qué se debía el silencio mamá y papá se miraron a los ojos pero ninguna palabra salió de sus bocas. Manuel se acercó y me dijo: “Los ratones les comieron la lengua Evita”. Ambos nos reímos y papá también. Mamá se quedó callada y empezó a recoger los platos de la mesa aunque no habíamos terminado de comer. Regañó a Manuel por estar inventando cuentos de ratones y me dijo que hoy me tenía que ir a dormir más temprano y que no me quería ver salir del cuarto hasta que el gallo cantara. Le pregunté por qué y me dio una mirada de esas que no necesitan un regaño en palabras. Papá me vió confundida y me dijo: “Evita, es mejor hacerle caso a tu mamá, hoy en la noche saldrán algunos monstruos que ni yo sé atrapar”. 

Estaba tan asustada que se me olvidó dar las buenas noches, corrí hacia mi cuarto, me puse mi camisón blanco y me escondí debajo de la cobija. Creo que Manuel también le tuvo miedo a los monstruos porque azotó la puerta de su cuarto con fuerza antes de irse a dormir. Esa noche todo fue diferente, escuché a mis papás susurrar por un buen rato pero nunca supe que decían, los de mamá sonaban más enojados que los de papá. La casa quedó en silencio y la luz debajo de mi puerta desapareció. No me quería dormir porque le tenía miedo a los monstruos que iban a salir de la oscuridad. 

Justo cuando ya sentía los ojos pesados, ví el destello naranja de un candil encendido en la casa. Una sombra cruzaba de lado a lado cerca de mi puerta, la curiosidad no me dejaba dormir, la sombra no dejó de moverse por un buen rato. Con pasos silenciosos y una respiración casi imperceptible, inicié mi recorrido hacia la puerta. Lo que normalmente se sentía como tres simples saltos de rana, se volvió un camino largo y peligroso. En ese entonces, mi mente inocente temía que algún personaje de las leyendas urbanas del pueblo estuviera esperando que me durmiera para entrar y darme el susto de mi vida. Pero, al llegar a la puerta, sería yo quien le daría la cara para ahuyentarlo y volver a mi cama.

Cuando giré la perilla, sentí como el mundo se quedó en silencio dejando solo el chillido de las bisagras oxidadas por el tiempo. Detrás de la puerta no encontré ningún monstruo, más bien encontré al héroe que siempre me rescataría de ellos, encontré a mi papá. En su mano derecha tenía un viejo candil con apenas unas gotas de aceite, tenía puesto su sombrero de trabajo y en su brazo cargaba el morral que usaba en el campo. Con su mano libre, acercó su dedo a su boca para indicarme que guardara silencio, tomó mi mano y me llevó hacia la entrada de nuestra casita de barro. Susurrando me dijo “Ya corrí a los monstruos, podemos estar tranquilos.” Me sentí aliviada pero no sabía por qué papá tenía puesta su ropa de trabajo a estas horas.

En ese momento le pregunté: “¿Papá, vas a trabajar tan tarde?”. Él me miró con ojos empañados como el vidrio dándome una sonrisa leve en medio del silencio de la noche. Puso su mano sobre mi cabeza desordenando mi pelo como siempre lo hacía para molestarme. Luego se arrodilló para quedar a la altura de mis ojos, poniendo el candil en el suelo y pasando su morral a su espalda. En voz baja me dijo: “Sí mi niña, papá tiene que trabajar mucho y se tiene que ir en la noche para regresar al atardecer, si no, no podremos verlo juntos cuando me esperes afuera de la casa.”. Me dió el abrazo más fuerte del mundo, yo sabía que papá era muy fuerte pero nunca pensé que sabía dar abrazos así de grandes. 

Se levantó del suelo, tomó mi mano y me llevó a mi cuarto, se sentó conmigo en la cama y me preguntó “¿Puedes prometerme algo?”. Asentí con mi cabeza y él me dijo, “Siempre que mires el atardecer recuerda lo mucho que te quiero y que me podrás encontrar ahí siempre.”. Me dió un beso en la frente y caminó hasta mi puerta. Antes de que la cerrará le pregunté. “¿Papá, puedes prometerme algo?”, me miró fijamente y se quedó sin palabras hasta que le dije: “Prométeme que vas a regresar al atardecer para que lo veamos juntos como todos los días.”. Otra vez, sus ojos se empañaron como el vidrio, pensé que se trataba del cansancio de la noche o que tenía algún sucio en el ojo como decía mamá cuando los ojos se le ponían así. Se quedó callado unos segundos más hasta que contestó: “Siempre estaré en el atardecer. Ya es tarde Evita, hora de dormir”. 

Cerró la puerta, y poco a poco vi como la luz del candil se desvanecía por debajo de ella. Me costó quedarme dormida, no dejaba de pensar que como papá se iba tan tarde en la noche, lo más seguro es que se quedaría dormido en el campo y no estaría a tiempo para ver el atardecer conmigo. 

Al día siguiente, creo que me desperté más temprano de lo normal porque no escuché al gallo cantar y el cielo apenas comenzaba a tener color, los horarios de la casa seguían disparatados. Corrí a la ventana y vi a mamá en el patio en sus faenas diarias, cuando me acerqué, noté algo extraño, ya había terminado de lavar y al escurrir la ropa, también se escurrian sus ojos mientras miraba al camino de tierra y suspiraba. Nunca la había visto llorar, qué días tan raros, ni los horarios se siguen y los papás actúan extraño. Fui a buscar a Manuel, pero no estaba, abrí la puerta y vi que a lo lejos caminaba hacia el campo con la ropa de trabajo de papá, le quedaba muy grande. Ahora hasta los hermanos no parecían normales.

Ese día, mamá me despachó para la escuela sin decirme mucha palabra, más que tuviera cuidado porque hoy Manuel no me iba a acompañar. En medio de tanto cambio de horario, el resto del día sí fue puntual. Fui a la escuela, regresé, mamá me esperaba en la mesa con la comida aunque faltaba Manuel, pero ya sabía que andaba en algo raro así que mejor ni pregunté. Hice las tareas, ayudé a mamá con el quehacer y me senté en el jardín para esperar a papá para ver el atardecer. Las nubes ya dejaban ver el naranja y el amarillo del cielo. A lo lejos, vi como los papás de todos mis amigos regresaban del campo, pero el mio no estaba, en su lugar estaba Manuel.

Cuando llegó al cerco de la casa me miró y se sentó conmigo en el jardín. Le pregunté: “¿Papá todavía sigue trabajando?”.  Manuel me contestó: “Algo así Evita, me mandó a que lo miráramos juntos mientras él vuelve.”. Por lo visto, lo único que siempre llegaría a tiempo ese día sería el atardecer. 

Manuel y yo vimos el atardecer juntos todos los días, hasta la tarde en que un mensajero pasó por la casa y le dio un sobre a mamá. Ella lo abrió y fue la segunda vez que la vi llorar desde que papá se fue. Manuel me dijo que entrara a la casa y se puso a jugar maules conmigo. Pasó un buen rato antes de que mamá entrara en la casa. Cuando me vió, metió el sobre que le dieron en su delantal y nos sentó en la cocina. Extendió sus manos sobre la mesa y una se la dio a Manuel y la otra a mi, nos apretó con fuerza.

Tratando de contener las lágrimas nos dijo que la bestia se llevó a papá mientras él iba camino a trabajar. Que él peleó de forma muy valiente y que como premio Dios le había dado la nube más bonita en medio del atardecer para que lo pudiéramos seguir viendo juntos todos los días. Los monstruos engañaron a mi papá, pensé, como los sacó de la casa, esperaron a que se fuera a trabajar para pelear con él, pero no fueron tan listos, porque no le pudieron quitar su atardecer.

Por mucho tiempo no entendí qué bestia era lo suficientemente fuerte para vencer a papá, no sabía cómo verlo de nuevo, por más que trepaba los árboles para acercarme a las nubes,  no sabía en cuál estaba para ver si me saludaba de vuelta. Lo extrañaba mucho pero nunca dejé de buscarlo en el atardecer. 

Años más tarde, comprendí que sus amigos del campo lo abrazaron por si no lo volvían a ver, que ese día después de ahuyentar a los monstruos, papá se fue a trabajar al norte para darnos una mejor vida, que la bestia no era un monstruo si no un tren que te puede costar la vida, que después de todo papá sí cumplió su promesa, siempre estaría en el atardecer y que la noche que se fue, para él era más fácil que yo me fuera a dormir más temprano para no escuchar como su corazón se quebraba en cada paso que daba al dejarnos atrás.

-Andrea Lucía @meetmywords


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